Tribulaciones, lamentos y ocaso de un tonto ciudadano imaginario, ¿O no?

Parafraseando el título de un tema de Sui Generis y a cuento que en un par de semanas tendré que pasar por la mesa de operaciones para que me extirpen un nódulo molesto en la tiroides, creo que es un buen momento para recordar una situación similar que tuve que vivir (ser intervenido quirúrgicamente), situación que me dejó una infinidad de cosas tragicómicas para contar.

Corría el año 2005, cuando, molesto y algo alarmado por darme cuenta que la frecuencia con que sufría cólicos biliares se había incrementado rápidamente, hice lo que todos hacen (salvo yo): ir al médico.

Tuve la suerte de encontrar un buen profesional que encontró la causa donde otros, por años, ni se habían molestado en buscar: tenía cálculos vesiculares, dos de ellos que habían crecido notoriamente y éstos eran los causantes de mis continuos cólicos.

Como no tenía (ni tengo) obra social ni prepaga, me recomendaron ir al Hospital Fernandez, institución que goza(ba) de muy reputación como entidad de salud pública.

Pues bien, allí fui y comence un derrotero que duró un par de meses para intentar que me operaran y exirparan mi vesícula. Cabe destacar que ya había llegado a un punto en donde, hasta para los médicos del mismo hospital, era una situación de urgencia.

Concurrir al Fernandez para hacer los trámites se convirtió para mi en una rutina diaria al punto que se alguien se me preguntaba cual era mi trabajo yo contestaba automáticamente “soy paciente en trámite del Fernandez”, ya que hacer un simple trámite demandaba tener que ir, al menos, 3 días seguidos para que un papelito saliera de una oficina y terminara en otra, siendo uno mismo, el paciente, quien era el encargado (obligado) de perseguir al papelito, tratar que no se perdiera en la mará burocrática y hacerlo llegar sano y salvo a destino).

Durante los casi dos meses que duró mi experiencia con el Fernandez, pude ver de todo, cosas buenas (pocas, casi ninguna) y cosas malas (casi todas). Desde el deplorable estado de cuidado del lugar, olores nauseabundos en la zona de guardia que provocaban vómitos hasta del mas resistente, mala predisposición de quienes ahi trabajan e, incluso, lo que bauticé como la “práctica del colimba”, un médico que nunca vi atendiendo pacientes, por el contrario, se pasaba toda la mañana laboral recorriendo el hospital con una papel en la mano. Incluso, había aprendido que si uno necesitaba hablar con un médico, lo mejor era ir primero a la confiteria de la esquina del hospital porque en dicha confitería había mas médicos que dentro del hospital mismo.

Ni hablar de las veces que tuve que ir de madrugada a la guardia presa de terribles cólicos que apenas me permitían sostenerme en pie. Cada una de esas visitas fue un compendio de problemas, inoperancia y ejemplo de todo lo que no debe ser la salud pública.

Podría escribir un libro con todo lo que me ha pasado en ese hospital, con anécdotas variadas, graciosas y no tanto, con conclusiones lamentables de como somos engañados por la propaganda oficial (en este caso del gobierno de la CABA de ese momento) que nos convencieron lo bueno que es el servicio público de salud, cuando, en la realidad, es deplorable.

En aquella época yo vivía en la ciudad de Buenos Aires y, por jurisdicción me tocaba dicho hospital, cuando lo comentaba, todos me decían que tenía suerte, que estaba yendo al mejor hospital público de la ciudad, cuando no, del país. Luego de mi experiencia, concluí que si el Hospital Fernandez es un ejemplo de lo mejor en salud pública realmente estamos yendo por muy mal camino.

En futuras entregas iré relatando varias de las anécdotas que me dejó esa experiencia, por ahora baste decir que, cuando terminé de hacer todos los trámites hábidos y por haber y, contento, fui a que me asignaran la fecha de la cirugía, encontré por respuesta que no sabían cuando podían operarme porque la lista de espera era grande, incluso, el médico que me atendió (secretarío del jefe de servicio de cirugía gastroenterológica) me mostró un libro de anotaciones con varias páginas llenas y me dijo “¿ves todo esto? son pacientes acomodados del jefe del servicio con fecha asignada con varios meses cubiertos, ¿donde te pongo?”.

Luego de tremendo sinceramiento, me ofreció anotar mi número de teléfono para llamarme cuando tuvieran una fecha disponible y siempre recordando que mi futura operación era de “urgencia”.

Obviamente, hoy, año 2014, sigo esperando la bendita llamada del hospital Fernandez.

SaludOS/2

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