¿Para que sirven los filósofos?

Esta pregunta me da vueltas desde hace bastante tiempo. No es que no crea ni considere instrascendente a la filosofía. Pero, desde su, digamos oficial, nacimiento con pensadores como Sócrates, Platón, Aristóteles, etc. que sentaron las bases de la filosofía y comenzaron a condicionar el pensamiento y comportamiento humano, a hoy, ha corrido bastante agua debajo del puente.

El «trabajo» de condicionar las mentes de los individuos de una sociedad ha sido trasladado a otros sectores (gobiernos, marketing, medios, etc.) haciendo casi obsoleta la figura del filósofo, personaje que, en muchos casos, se han quedado varados en pensamietnos anacrónicos y sólo son útiles para que dictadores de pacotilla puedan usarlos para justificar sus políticas y perpetuarse en la memoria del pensamiento colectivo.

Obviamente, no es sólo el filósofo el que cumple esta función, también se recurre a otros métodos mas confiables: la prensa, la TV, hasta la exposición de motivos de decretos y leyes, donde podremos ver infinidad de propaganda y publicidad gratuita sobre las bondades del régimen.

Hoy, la metodología es reescribir la historia en tiempo real, mientras ésta sucede, se reescribe, se elimina lo que molesta, se esconden los muertos (por ejemplo, cuando la inundación de La Plata), se dibujan los números, se cometen autoatentados para justificar guerras (EEUU teléfono), se victimizan para atraer voluntades y muestras de solidaridad. En fin, la lista de metodologías para contar otra historia y socavar la voluntad del individuo con el objeto de transformarlo en un engranaje mas de un sistema perverso y maquiavélico es larga.

Y, lo mejor, es que la sufrimos todos los días, somos el objeto de esto, el fin último. Y muchos caen, toman partido, defienden lo indifendible repitiendo argumentos que unos y otros tiran sobre la mesa para justificar sus métodos, entablan discusiones acaloradas atacando al rival ocasional, pero, indefectiblemente, sin aportar ideas propias y/o nuevas, solo repitiendo un libreto cuidadosamente redactado por quienes juegan a ser poderosos.

Lo peor de esto es que les creemos, creemos que son poderosos, al punto que los vemos invulnerables a todo, a las balas, a las ideas contrarias, a las enfermedades. Y, si por esas cosas locas que tiene la vida, que no respeta nombres y prosapias, alguno de ellos termina cultivando margaritas desde abajo, se recurre al infaltable argumento de «dió su vida por la patria». Y no, no dió su vida por la patria, no se plantó ante cien o mil barras bravas para impedir que cometan tropelias. No recorrió las calles para evitar robos, asesinatos, violaciones y desmanes, solo se escondió en su cálido hogar para jugar al ajedrez con sus amigos-rivales y repartirse entre ellos las ganancias de este juego perverso.

Por esto, el nombramiento de un «filósofo» en un cargo público como secretario nacional de una Secretaría inventada solo para premiarlo por sus esfuerzos para divulgar «la palabra» se me hace que es mas de lo mismo: la carroña reclama su parte de la presa.

Y, no seamos estupidamente inocentes, la presa somos nosotros.

SaludOS/2

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